Cómo reconocer un buen edomae
El edomae nació de un problema práctico: en el Tokio del siglo XIX no había frío industrial y el pescado de la bahía había que conservarlo. De ahí salieron el curado en sal, el marinado en vinagre o en soja y la maduración de días. Cuando llegó la refrigeración, el estilo conservó esas técnicas por una razón simple: sabían mejor.
En la práctica hay una señal que no falla. En un edomae bien hecho la pieza llega ya sazonada, con un pincelado de nikiri, y no se moja en soja. Si el itamae te pone el platito de soja delante sin decir nada, probablemente no estés en un edomae. Si te lo retira, sí.
La otra señal es el arroz. El edomae suele usar vinagre rojo, akazu, que da un tono más oscuro y un punto más profundo que el vinagre de arroz común. Es más difícil de manejar y por eso lo usan menos casas de las que dicen.
Madrid concentra más barras de omakase que ninguna otra ciudad española, y la concentración no es casual: aquí llegó antes el dinero dispuesto a pagar por veinte piezas y aquí se quedaron los cocineros que volvían de Japón. El resultado es una escena con capas. Arriba, barras de seis a doce plazas donde el itamae decide y el comensal calla. En medio, casas de fusión que llevan dos décadas cruzando el recetario nipón con el castizo y que ya no piden perdón por ello. Y abajo, un tejido de sitios de barrio que ha normalizado comer pescado crudo un martes.
Ver todos los sitios de Madrid o todo el edomae de España.